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domingo, 12 de febrero de 2012

Descubrimientos cientificos


SÁBADO, 3 DE DICIEMBRE DE 2011
LOS DESCUBRIMIENTOS QUE SE REALIZAN POR “CASUALIDAD”

Serendipias

 Por Pablo Capanna
En 1938, el químico Roy J. Plunkett trabajaba en los laboratorios Du Pont, empeñado en obtener nuevas sustancias refrigerantes a partir del freón. Estaba realizando pruebas con tetrafluoroetileno (TFE) gaseoso, cuando su ayudante le advirtió que el gas había dejado de fluir hacia la cámara de ensayo, pero había dejado un sedimento blanco en el fondo de los cilindros donde se almacenaba. Al parecer, la sustancia había polimerizado espontáneamente. El polvo resultó ser una sustancia inerte ante todos los solventes y ácidos de que disponía el laboratorio. Plunkett acababa de inventar (¿o descubrir?) el Teflón (TFE). Du Pont se apresuró a patentarlo y puso en marcha un gran negocio.
A comienzos de los años ’40, Georges de Mestral, un ingeniero suizo entonces muy joven, tenía la costumbre de hacer largas caminatas por el bosque en compañía de su perro. El único inconveniente era que después del paseo tenía que perder un buen rato desprendiendo del pelo del animal y de su propia ropa las hojas de una maleza similar a esa que aquí conocemos como “abrojo”. De Mestral observó la planta al microscopio y vio que las hojas terminaban en formas ganchudas que les permitían aferrarse al tejido y al pelo. Se le ocurrió que con ese principio podían fabricarse cierres para la ropa. Le llevó ocho años desarrollar la idea, pero en cuanto pudo disponer de un material como el nylon, produjo dos tiras, una con bucles y otra con ganchos, que se unían de manera bastante resistente. Había creado el cierre Velcro, que aún puede verse en muchas de nuestras prendas.
El adhesivo que los químicos conocen como cianoacrilato, y al que familiarmente llamamos “la gotita”, fue descubierto dos veces por la misma persona: el Dr. Harry Coover. La primera vez fue durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Coover estaba tratando de desarrollar un plástico ópticamente claro para la mira de las ametralladoras, y la segunda –nueve años más tarde–, cuando buscaba un polímero resistente al calor para poner en las ventanillas de los jets. En ambos casos, el producto resultó excesivamente pegajoso, y las dos veces le arruinó un par de costosos anteojos. La primera vez apenas hizo renegar a Coover, pero cuando le volvió a pasar se le ocurrió que eso podía comercializarse como adhesivo. Para 1958 apareció en el mercado, y sigue estando.
Dos productos adhesivos más uno que no tolera las adherencias podrían dar lugar a un chiste fácil sobre gente que “la pegó” casi sin proponérselo. En los tres casos se trata de descubrimientos con valiosas aplicaciones comerciales, que aparentemente nacieron del azar.
Casos como éstos pertenecen a toda una familia de “inventos” o “descubrimientos” que se explican más por una afortunada casualidad, que por la rigurosa aplicación de un método o tan siquiera una búsqueda sistemática de resultados.
A la misma familia de hallazgos inesperados pertenecen muchas otras tecnologías, entre las cuales podemos mencionar la goma vulcanizada, los vidrios de seguridad, el celuloide, el celofán y el neoprene. Hasta la dinamita, que hizo sentirse culpable a Alfred Nobel tras la muerte accidental de su hermano, y lo indujo a crear los famosos premios.
Descubrimientos como éstos también es posible encontrarlos en el campo de las ciencias de la salud. El más conocido debe ser el descubrimiento de la penicilina que hizo Fleming, cuando se puso a analizar un cultivo que había enmohecido. Con eso abrió la puerta a los antibióticos, que salvaron millones de vidas. Pero el LSD-25, que contribuyó a arruinar muchas otras vidas cuando puso en marcha la carrera de las drogas, también nació de un descubrimiento fortuito del químico Hoffmann.
El uso de la aspirina como anticoagulante y el empleo de la quinina para combatir la malaria se debieron a golpes de suerte. El mismo origen tuvieron la insulina, el Papanicolau, los rayos X y hasta esos pilares del erotismo posmoderno que son el Viagra y el bótox.
A primera vista, hallazgos como éstos escapan a cualquier racionalidad que no sea la de las probabilidades. Parecerían equivaler a esos golpes de suerte que ocurren en los juegos de azar. Así como hay gente que acierta a la ruleta o la lotería, hay otros que sin proponérselo descubren nuevos materiales y medicamentos salvadores o hacen avances significativos en la ciencia básica.
Para este tipo de circunstancias se ha propuesto el pintoresco nombre de “serendipias”. Pero no todos los que lo usan están de acuerdo en cuanto al alcance que se le pueda dar al concepto, según las distintas epistemologías.

LOS PRINCIPES DETECTIVES

En los mapas antiguos, donde China era Catay y Japón se llamaba Cipango, Serendip era el nombre de esa isla que luego se llamaría Ceilán y hoy conocemos como Sri Lanka.
Un cuento tradicional persa, conocido en Europa desde el siglo XVI, narraba la historia de tres príncipes de Serendip a quienes su padre, el rey de la isla, había enviado a Irán en misión comercial.
Los tres serendipitanos eran tipos de suerte. Una suerte tan increíble que les permitía salir airosos de todos los problemas, porque las soluciones se les aparecían sin que las buscaran.
Un día que se propusieron ayudar a un hombre que había perdido un camello, fueron capaces de dar tantos datos sobre el animal que el campesino pensó que ellos eran quienes lo habían robado y los hizo meter presos. Sin haberlo visto nunca, sabían que era tuerto y cojo, que le faltaba un diente y que lo conducía una mujer embarazada.
No sé cuál fue la intención que tuvo el autor de la historia, pero cualquiera diría que los tres príncipes no eran tipos suertudos sino grandes detectives: ¡podían haber sido los antepasados de Sherlock Holmes! Analizando los pocos indicios con que contaban, inducían (o deducían, como hubiera dicho el doctor Watson) que el camello, por ejemplo, era ciego de un ojo porque había comido el pasto de un solo lado del camino.
Nada de eso es suerte. Por el contrario, se diría que es el producto de la observación y del método. Pero por esas vueltas de la literatura, los tres príncipes de Serendip quedaron como unos afortunados jugadores y nunca se volvió a hablar de ellos.
El primero que usó la palabra serendipity en el sentido de “casualidad afortunada” fue el escritor Horace Walpole, en una carta donde le contaba a un amigo que había encontrado, en el lugar menos pensado, un grabado que andaba buscando desde hacía tiempo.
Un siglo más tarde, el sociólogo Robert K. Merton descubrió la palabra por casualidad en el diccionario de Oxford y la adoptó desde entonces para designar a los descubrimientos fortuitos de la ciencia.

GOLPES DE SUERTE

Llevando las cosas un poco más lejos, recordemos que cuando Kekulé soñó con una serpiente que se mordía la cola y formaba un anillo, al despertar se le ocurrió que así podía representarse la fórmula del benceno, con el cual le hizo dar un gran paso a la química orgánica. ¿Es legítimo afirmar que la química de los hidrocarburos nació de un sueño, o más bien habrá que decir que el sueño fue la circunstancia que permitió culminar un razonamiento?
Del mismo modo, el día en que Arquímedes salió corriendo de los baños públicos de Siracusa gritando “¡Eureka!” porque había descubierto el principio hidrostático, había tenido la suerte de descubrir una ley natural. Pero, al igual que en el caso anterior, subsiste la duda.
Con estos casos pasamos al terreno de la ciencia básica, donde también las serendipias desempeñan un papel digno de ser tenido en cuenta. Autores como Merton, el fundador de la sociología de la ciencia, o Mario Bunge, que les dedicó el libro Intuición y ciencia (1962), se ocuparon de ellas, como un caso límite de la metodología.
Nadie niega que haya científicos con más “suerte” que otros, a quienes alguna vez el azar pudo favorecer con una ocasión propicia para el descubrimiento. Pero no todo queda ahí.
Los antiguos llamaban “Kairós” a la ocasión, y la pintaban con un solo mechón de pelo. Había que agarrarla cuando pasaba corriendo al lado de uno, porque ya no volvía a pasar. Las serendipias son ocasiones irrepetibles, pero no nos brindan el conocimiento en bandeja y listo para consumir. Dependen de la presencia de una mente alerta y con cierto entrenamiento, que no sólo las perciba sino que sepa sacarles provecho. Por eso, Pasteur decía que “el azar sólo favorece a una mente preparada”, esa que es capaz de observar cosas que la mayoría de nosotros pasaríamos por alto. Y la cosa más difícil de ver puede ser la que tenemos ante los ojos.
A veces, lo que parece ser un golpe de suerte es la conclusión de un laborioso razonamiento, que sigue su curso en segundo plano mientras estamos haciendo otra cosa. Arquímedes no gritó porque hubiera descubierto el enunciado del principio hidrostático escrito en el fondo de la piscina. Hacía días que venía preocupado por saber si los orfebres habían puesto oro genuino o una aleación en la corona del rey Hierón. Cuando vio que al sumergirse su cuerpo desplazaba una masa de líquido (algo que por cierto nadie habría dejado de observar), “vio” la solución. Fue como si se hubiera cerrado un circuito que vinculaba cosas aparentemente distintas.
En estos casos, como el de los rayos X, no se trata de auténticas serendipias. Tampoco lo son esas “casualidades” literarias de las que tanto se habla cuando aparece alguna novela que anticipó el hundimiento del Titanic o el atentado a las Torres Gemelas. Aquí estamos ante otro tipo de coincidencias, que merecen otro tratamiento.
De hecho, todos se pinchan con los abrojos, pero sólo uno inventó el Velcro. Cualquier laboratorista responsable se deshace de los cultivos que se han puesto verdes de moho, pero Fleming descubrió la penicilina. Silvio Rodríguez soñaba con serpientes, pero Kekulé encontró la fórmula del benceno. Si aplicamos esto al campo de la cocina, que no deja de tener su tecnología, diríamos que la fórmula para hacer dulce de leche fue una serendipia, pero el revuelto Gramajo fue fruto de un cálculo de insumos y productos.
Cuando introdujo el concepto de “serendipia”, Merton se proponía complementar al método hipotético-deductivo para dejarle algún margen a la variedad de experiencias posibles.
Los cursos que ha seguido la investigación a lo largo de su historia no han sido siempre lineales. Las metodologías sirven para ordenar la búsqueda, ahorrar tiempo, garantizar la objetividad y evitar caer en ilusiones, pero no es todo.
El sueño baconiano o positivista de un método perfecto tiene una limitación esencial: si existiera algo así, bastaría con seguirlo fielmente para producir avances significativos del conocimiento, sin necesidad de talento alguno.
A veces, los proyectos demasiado específicos producen escasos resultados, porque no permiten que la mente se mantenga abierta a lo imprevisto. Como observaba Arthur Kornberg, Nobel de Medicina, la investigación se parece más al pool que al billar. Por eso recomendaba dar a los investigadores una sólida formación en ciencia básica, entendiendo que los avances más importantes a veces habían venido de la curiosidad en torno de cuestiones fundamentales de física, química o biología.
En esas circunstancias, el azar es bienvenido; siempre que se le presente a alguien capaz de aprovechar la ocasión, que por algo la pintan calva.

Paradigmas


Los paradigmas que ya no son

 Por Rodolfo Gaeta *
Algunas palabras tienen una curiosa historia. En sus cautivantes Lecciones Preliminares de filosofía, Manuel García Morente refiere cómo el término “trascendental” –un complejo concepto filosófico vinculado con la teoría del conocimiento de Kant– llegó a ser sinónimo de “muy importante” en la lengua castellana. Cuenta el autor que en la España de fines del siglo XIX algunos oradores familiarizados con el pensamiento de Kant y partidarios del gobierno republicano empleaban la palabra “trascendental”, entendida en su genuino sentido; pero cuando otros políticos, carentes de formación filosófica, trataban de imitarlos, y dado que esa palabra suena importante, comenzaron a utilizarla, precisamente, como un adjetivo que denotaba importancia. En virtud de ese malentendido, el vocablo adquirió un significado completamente apartado del original. Confieso que nunca pude imaginarme de qué manera una palabra tan técnica como “trascendental” encontró alguna vez lugar apropiado en un discurso político, pero de todos modos, a falta de otra explicación, doy por cierta la narración.

El paradigma

Análogos fenómenos ocurren en nuestra época. Un caso muy destacado, sin duda, es el que ha protagonizado el término “paradigma”. Lo pronuncian los intelectuales, los políticos, los redactores de anuncios publicitarios, los periodistas deportivos, en fin, muchos usuarios de diferentes idiomas. Cualquier cambio que se quiera destacar, aunque se trate del formato de un asiento de bicicleta, se presenta como “un cambio de paradigma”. El tema merece algunas reflexiones, sobre todo porque –en contraste con lo acontecido con la palabra “trascendental”, por ejemplo– las confusiones en torno al concepto de paradigma aparecen por doquier y son frecuentes incluso en el ambiente académico.
La etimología nos remonta a la antigua lengua griega, en cuyo ámbito “paradigma” significaba “ejemplo, modelo”. Adquirió más tarde un sentido técnico en la lingüística, un modo de referirse a expresiones que ilustran el uso de un conjunto de componentes del lenguaje. Así, por caso, el verbo “amar” es el paradigma de la primera conjugación en castellano.
Thomas S. Kuhn, el autor que echó a rodar el término, sugiere que se inspiró en este último sentido cuando eligió la palabra “paradigma” como instrumento para analizar el desarrollo de las ciencias. Aquí la historia del término se entrecruza con los avatares de la vida de Kuhn. Poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, mientras estudiaba física, se le pidió que les diera un curso de historia de la ciencia a los estudiantes de humanidades. En esas circunstancias, vivió dos experiencias que encaminaron su concepción acerca de la ciencia. Una de ellas fue la dificultad que encontró en un principio para comprender cómo mentes de la talla de Aristóteles pudieron adoptar creencias que en la actualidad parecen completamente inverosímiles. La otra fue el contraste entre el comportamiento habitual de quienes investigan los fenómenos naturales, por un lado, y los científicos sociales, por el otro. Los primeros comparten, durante períodos a veces muy dilatados que Kuhn denominará “etapas de ciencia normal”, un determinado vocabulario y una serie de creencias, valores y métodos propios de su disciplina, de manera que sólo se ocupan de resolver problemas acotados; en algunas ocasiones, sin embargo esta posibilidad de crecimiento acumulativo parece agotarse y surgen condiciones propicias para que se produzca una revolución, una reacomodación radical del lenguaje y demás ingredientes de esa rama del conocimiento que iniciará un nuevo ciclo de ciencia normal. Los científicos sociales, en cambio, carecen de tales elementos unificadores, sus comunidades se hallan fragmentadas, envueltas en permanentes desacuerdos de todo tipo. Se encuentran aún, diría Kuhn, en una etapa precientífica.
Kuhn se convenció de que había hecho un importante descubrimiento. En su opinión, la tradicional creencia de que el conocimiento científico es el resultado de la aplicación de métodos fundados en el razonamiento y las observaciones no se ajusta a la historia de la ciencia. La continuidad de las hipótesis ptolemaicas o la adopción de la propuesta copernicana, por ejemplo, no podía resolverse apelando solamente a las observaciones o la lógica. Se requería, fundamentalmente, la elección de un punto de vista y la exclusión de otro. Los copernicanos percibían un mundo diferente del que veían los partidarios de Ptolomeo, del mismo modo que en un dibujo ambiguo una persona reconoce inmediatamente la figura de un pato mientras otra percibe la de un conejo. Los ptolemaicos han aprendido a examinar el cielo y resolver las cuestiones astronómicas bajo el supuesto de que la Tierra permanece estática. Y abandonar esa manera de proceder para adoptar la posición contraria exige una conversión mental. Asimismo, a fin de sortear la dificultad que Kuhn debió enfrentar, el historiador de la ciencia debe poder experimentar una especie de conversión retrógrada para poder ver el mundo con ojos aristotélicos. Estos procesos son el resultado de la acción de una constelación de factores que influyen en el surgimiento, la difusión, la persistencia y, tarde o temprano, el reemplazo de un enfoque determinado. Y Kuhn necesitaba darle un nombre que no estuviera asociado a la doctrina de ningún otro filósofo de la ciencia. Se inclinó por otorgar un nuevo significado a la palabra “paradigma”. Así, pues, una disciplina se constituye como ciencia a partir del momento en que una comunidad de expertos comienza a regirse por un paradigma, gracias al común reconocimiento de cierto logro; por ejemplo, una teoría que permite explicar adecuadamente los fenómenos celestes. La nueva acepción del término vio la luz en La estructura de las revoluciones científicas, de cuya aparición se cumplen 50 años. Kuhn sostenía que los paradigmas son incompatibles e inconmensurables entre sí: no hay un lenguaje común que posibilite la completa comunicación entre científicos partidarios de distintos paradigmas, ni posibles experiencias o argumentos que permitan resolver sus diferencias.

Las revoluciones

El destino de aquella obra ha sido, por cierto, bastante singular y en muchos aspectos no menos paradójico. En primer lugar, contra lo que cabría esperar de un libro que supuestamente iba a herir de muerte a la filosofía de la ciencia vigente, mereció consideración inicial porque fue publicado en la colección de la Enciclopedia de la Ciencia Unificada, el órgano de difusión creado por los miembros del Círculo de Viena, y gracias a la recomendación de Rudolf Carnap, uno de los más consecuentes representantes del empirismo lógico. Esta circunstancia revela no solamente la honestidad intelectual y la apertura de los editores sino también una clave para valorar las contribuciones de Kuhn. Creo que, contrariamente a las expectativas del propio autor, algunos destacados empiristas no encontraban en ellas la ruina de su tradicional programa sino, en todo caso, una apreciable complementación de los análisis que habían emprendido. La posterior evolución del pensamiento de Kuhn, así como la reciente revalorización de los aportes de los filósofos prekuhnianos, indican que las diferencias entre Kuhn y sus predecesores es menos espectacular que la apariencia. Baste recordar que las tesis de la carga teórica de la observación, el papel de la teoría en la recolección de datos o los componentes convencionales de la ciencia, presentadas a menudo como la refutación del empirismo, no fueron introducidas ni por Kuhn, ni por Hanson ni por ninguno de los exponentes de la “nueva filosofía de la ciencia”. Aparecen ya en las obras de Bacon, de Comte, y sobre todo en las de Mach, Carnap y Popper, entre otros.
Pero si algunos autores pasaron por alto la falta de rigor de Kuhn y hasta toleraron manifiestas contradicciones –como la de afirmar y después negar que los científicos que trabajan en diferentes paradigmas viven en mundos distintos– otros lo rechazaron. Una de las dificultades surgía a propósito del significado del término “paradigma”. Margaret Masterman encontró en sus páginas al menos veintiún sentidos diferentes de ese vocablo. Otro concepto sumamente problemático era el de la inconmensurabilidad. No se entendía cómo los científicos que han sido formados dentro de un mismo paradigma, los galileanos y sus rivales, por ejemplo, pueden perder de pronto la capacidad de comunicarse entre sí. Menos comprensible y más paradójica aun era la posibilidad de que los historiadores y los filósofos de la ciencia lograran transponer las barreras de la inconmensurabilidad para examinar cualquier paradigma, por lejano que les resultara en un principio.
Las tesis de Kuhn debían enfrentar también otra clase de dificultades. Por un lado, la desvalorización de la razón y de la contrastación empírica, que ceden su lugar a factores históricos, psicológicos o sociales durante los episodios revolucionarios, equivale a defender una concepción extremadamente irracionalista de la ciencia, oscurecer la posibilidad de diferenciarla de otras actividades y abandonar la esperanza de que produzca un verdadero progreso. Por otro lado, si la tarea desarrollada a lo largo de los períodos de ciencia normal, es decir, durante la mayor parte del tiempo, está determinada por el paradigma reinante, la historia de la ciencia parece resumirse en una sucesión de decisiones arbitrarias intercaladas entre dilatadas etapas de profundo dogmatismo. Se entiende, entonces, por qué los que atribuían a la ciencia un esencial y permanente ejercicio de la crítica, como Popper, rechazaran el autoritarismo encarnado en la ciencia normal...
La respuesta de Kuhn consistió en negar que fuera irracionalista o subjetivista y para mostrarlo reelaboró sus argumentos. Esa tarea le insumió el resto de su vida. Pero murió sin llegar a finalizar el libro que prometía una versión definitiva de su doctrina. De todos modos, en las siguientes publicaciones introdujo cambios. Sostuvo que los distintos significados del término “paradigma” podrían reducirse a dos: en un sentido amplio, entendido como una matriz disciplinar compuesta por generalizaciones simbólicas (leyes o definiciones), modelos, valores y presuposiciones metafísicas; en un sentido más acotado, concebido como ejemplares, modelos de problemas y soluciones desprendidos de aquella matriz que guían a una comunidad científica durante los períodos de ciencia normal.

Los seguidores

Pero mientras Kuhn se esforzaba para responder a sus críticos, fue surgiendo una legión de simpatizantes que se entusiasmaron con las interpretaciones menos sensatas de su posición. Lo confirma el comentario de un colega vienés del autor de La estructura...: “Kuhn alienta a personas que no tienen idea de por qué una piedra cae al suelo a hablar con seguridad acerca del método científico”. Si el lector de estas líneas piensa que quien profirió semejante sentencia fue Popper o algún malhumorado y decrépito sobreviviente del Círculo de Viena, está equivocado. Las palabras pertenecen nada menos que a Paul Feyerabend, el enfant terrible de la filosofía de la ciencia.
En efecto, la deliberada informalidad del lenguaje de La estructura..., la amenidad del relato, la vaguedad de sus ideas y su simpática actitud iconoclasta atrajeron a un variado público que experimentaba la sensación de comprender por fin en qué consiste la tarea científica y, en muchos casos, daba rienda suelta a la oportunidad de sortear el incómodo respeto que la ciencia pretendía imponer. Solamente así se explica que un libro encuadrado en una disciplina hasta ese momento reservada para laboriosos eruditos se convirtiera en un best seller, traducido a dieciséis idiomas y con un millón de ejemplares vendidos. En terrenos cercanos a la actividad académica despertó simpatías que originaron dos tendencias.
Por un lado, el menoscabo del papel de la experiencia y el razonamiento en las decisiones científicas y la importancia que se atribuía a otros factores –los psicológicos y los sociales, por ejemplo– extremaron un enfoque que Kuhn parecía haber habilitado pero nunca desarrolló: disolver la filosofía de la ciencia en la sociología –el caso de Barnes y Bloor– o aun en la curiosa etnografía de la ciencia –el caso de Latour–. Pero los que celebran estos ensayos no parecen tener seriamente en cuenta una dificultad que amenaza desde siempre a los relativistas.
Si aceptar una teoría científica no depende de su plausibilidad ni del resultado de experimentos sino de las relaciones de fuerza y los intereses de los miembros de una comunidad científica, la validez de las hipótesis queda fuertemente comprometida. Mas esta conclusión se vuelve contra sí misma: porque la historia, la psicología y la sociología que la avalan serían tan poco confiables (si no menos) que las ciencias naturales y no habría ningún motivo para tomarlas por verdaderas. Peor que una victoria pírrica, esta forma de kuhnianismo desemboca en un colectivo suicidio intelectual.
Otra tendencia fue la creación de un nuevo deporte epistemológico: la caza de paradigmas. Animados por el impiadoso retrato que parecía desalojar las ciencias naturales del pretendido pedestal de la objetividad, quienes no estaban dispuestos a desaprovechar la oportunidad que les brindaba Kuhn dejaron de lado la idea de que las ciencias sociales poseen métodos completamente diferentes de los que usan las ciencias naturales y pasaron a sostener que ambos tipos de ciencia comparten las mismas características: se desenvuelven gracias a los paradigmas. Procuraron entonces identificar los paradigmas correspondientes a las ciencias sociales, a fin de igualarlas con las naturales. Sin embargo, esa empresa chocaba con un grave defecto de nacimiento, pues mientras en las ciencias naturales generalmente se encuentran creencias y métodos ampliamente compartidos por los investigadores de una disciplina, esto no sucede en las ciencias sociales. La solución que encontraron fue candorosamente sencilla. Postularon que en una disciplina social es usual que coexistan varios paradigmas. Así, por ejemplo, los marxistas, los keynesianos y la escuela de Chicago podrían desarrollar paradigmas simultáneos en la ciencia económica. Pero esto contradice irremediablemente las suposiciones de Kuhn y priva de legitimidad al uso del concepto de paradigma. En la situación típica, para que algo pueda funcionar como un paradigma, es necesario que haya derrotado a los demás competidores y monopolice las prácticas de la comunidad científica.
Así, al tiempo que se hacía más popular, Kuhn debía defender su concepción de la ciencia en varios frentes. Por un lado, responder las objeciones de los filósofos que no encontraban coherentes o satisfactorios sus análisis. Por otro lado, se veía obligado a alejarse del intento de convertir la filosofía de la ciencia en una rama de la sociología y de la tergiversación de sus ideas que hacía lugar a pretensiones tan insostenibles como la coexistencia de varios paradigmas en una misma disciplina. Declaró que no compartía en absoluto aquellos intentos porque nunca pretendió poner en duda la autoridad del conocimiento científico. Sus publicaciones evidencian una posición cada vez más moderada. Presentan las revoluciones científicas como el surgimiento de nuevas especialidades más que como episodios dramáticos. La inconmensurabilidad queda restringida a la incompatibilidad de algunos términos y no constituye una barrera infranqueable. Con razón John Horgan ha descripto a Kuhn como un “revolucionario renuente” mientras que Newton Smith lo comparó con los revolucionarios que luego se convierten en socialdemócratas.
A esta altura cabe preguntarse: ¿Y qué sucedió con los paradigmas? Kuhn reconoció que el término, como los personajes de Pirandello, se le había escapado de las manos. Y se había vaciado completamente de sentido. Entonces, renunció explícitamente a seguir utilizándolo. Aunque de vez en cuando cedía y, quizá con la nostalgia del hombre maduro que recuerda un perdido amor juvenil, volvía a recordar “lo que alguna vez llamé un paradigma”.
* Filósofo, profesor titular de Historia y de Filosofía de la ciencia (UBA).

miércoles, 27 de abril de 2011

Ciencia e Ideologia

Ciencia|Miércoles, 27 de abril de 2011
Diálogo con Juan José Fanara, doctor en Biología

Avatares, evolución e ideología

El jinete se siente evolucionar, pero no sabe en qué dirección, ya que la evolución es una fuerza ciega: ¿terminará como un mamut, como un hipopótamo, como una mosca o algo parecido? Para tranquilizarse, recurre a un biólogo evolucionista.

Por Leonardo Moledo
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–A ver, voy a empezar como casi siempre: ¿Qué estudia usted?
–La dinámica de los genes en las poblaciones naturales. Con “dinámica” me refiero al cambio de frecuencia en los genes de acuerdo con algunas características relacionadas con el clima, con la geografía (que muchas veces están muy relacionados). Esa es una parte del proyecto. La otra parte es la identificación de la función de algunos genes.
–Empecemos por la primera parte, si le parece bien.–Me parece bien. A ver... En cuanto uno sale a la calle lo que ve es una gran diversidad de formas, tanto sea entre distintas especies como dentro de una misma especie. A mí lo que me interesa ahora es la diferencia de formas dentro de una misma especie. ¿A qué se debe esa diferencia? Fundamentalmente, a dos cuestiones. Una es la composición genética que tiene cada uno de los individuos que forman parte de esa especie, cuál es la frecuencia de aparición de los alelos (las diferentes formas que tiene un gen) y la otra es el ambiente. Además hay una relación entre la composición genética y ese ambiente. Lo que yo intento estudiar es cómo las diferentes frecuencias de los genes interactúan con el ambiente de forma tal de expresar lo que nosotros vemos y caracterizamos como el fenotipo, es decir, el tamaño, el color, el comportamiento, la susceptibilidad a enfermedades, etcétera. Eso es lo que uno mide para ver qué tan bien está adaptado un organismo a un determinado ambiente.
–Cuando habla de diferencias intraespecie, ¿son diferencias muy grandes?–No necesariamente. A mí las que me interesan son las diferencias que estadísticamente resultan ser significativas.
–A ver, por ejemplo, en los gatos...–Me interesaría el color, el tamaño, la forma de la cabeza, su comportamiento de prelación y de huida, el tiempo que tarda en desarrollarse. Y trato de ver si esas características están relacionadas con alguna particularidad del ambiente específico. Supongamos que los gatos blancos estén mejor adaptados a condiciones de frío y los gatos negros, a condiciones de mayor temperatura.
–¿Y es esa la situación que mantiene el mecanismo de la selección natural?–Es la piedra fundamental. Cuando uno habla de selección natural, se habla de diferencias al nivel del fenotipo. El fenotipo es, de algún modo, la interacción entre una determinada información genética (genotipo) y el ambiente. Una determinada información genética puede estar muy bien adaptada a un ambiente A y muy mal adaptada a un ambiente B. Esa relación genotipo-ambiente es fundamental. Tres cosas, entonces, son fundamentales para comprender la variación del fenotipo. La primera: las diferencias a nivel del genotipo. Su información genética es diferente de la mía. La segunda: el ambiente. No es lo mismo el desierto que el bosque o que la selva. La tercera: la relación con el ambiente. Usted y yo nos vamos a desenvolver de manera diferente en esos tres ambientes.
–¿No hay un poco de riesgo de caer en el darwinismo social?–No necesariamente. El darwinismo social se nutre de la selección natural para poder explicar un montón de teorías que están relacionadas con el comportamiento social, y el egoísmo...
–También trata de justificar la dominación de unas personas sobre otras, o la eugenesia.–Pero nuestro proyecto de investigación no tiene nada que ver con eso. Tratamos de identificar la composición genética de una población (por ejemplo, moscas que se desarrollan a diferentes altitudes) y ver cómo cambia el comportamiento si efectuamos variaciones. Por ejemplo: hacemos criar esas moscas a diferentes temperaturas, para ver si el comportamiento de las moscas de alta y de baja altitud está relacionado con su crianza en diferentes temperaturas.
–Además, lo que en un ambiente es adaptativo en otro no lo es.–Claro. El término “adaptativo” no es absoluto sino relativo.
–Y eso es importante desde el punto de vista ideológico, porque al no haber características que sean ontológicamente superiores a otras evitamos creer en la superioridad de, por ejemplo, una raza sobre otra (lo cual, como sabemos, llevó a las más espantosas masacres).–Sí, claro.
–¿Cuántas generaciones hacen falta para que aparezca un cambio genético significativo que se convierta en un rasgo adaptativo? Por ejemplo, ¿cuántas generaciones hay entre el antecesor del elefante y el elefante?–Si le contestara eso, le mentiría, porque hay muchísimos factores que inciden. En primer lugar, habría que decir que no todos los nucleótidos tienen el mismo peso. Hay genes que tienen una “categoría” jerárquica superior. Los homeobox, por ejemplo. No es lo mismo que surja una mutación en un gen “superior” que una mutación que surja abajo. Si surge arriba, probablemente la cascada de cambios será mucho mayor y la selección natural actuará con mayor fuerza. Si ocurre a nivel superior y la selección lo “dejó pasar”, el tiempo necesario para que ocurra un cambio adaptativo va a ser mucho mayor, porque está actuando sobre muchos más genes que si actuara abajo. No todo evoluciona a la misma tasa.
–Aun si consideramos que hubo 600 millones de años en el medio, es muy poco intuitivo cómo uno de esos bichos se convirtió en hipopótamo.–Hay tantas cosas no intuitivas en las ciencias...
–Me gustaría que hablemos un poco de la teoría sintética de la evolución y de la teoría del equilibrio puntuado. La sintética se basa en un gradualismo total. La del equilibrio puntuado, en cambio, se basa en la idea de períodos de evolución rápida y períodos de estasis o quietud.–Igualmente no se olvide que son teorías concebidas con una diferencia temporal muy grande. La sintética se postula a finales del ’30 y principios del ’40, cuando prácticamente no se conocía nada de la estructura del gen (Watson y Crick describieron el ADN en el ’53). Mucha de la teoría sintética estaba basada en estudios de campo con moscas. En el caso de Stephen Jay Gould, su teoría es de los años ’70 y ya cuenta con todo un bagaje sobre genética, ya se empezaba a pensar en una estructura jerárquica de los genes.
–También había una cosa ideológica.–Desde ya...
–Porque la teoría del equilibrio puntuado permitía pensar que el hombre no estaba evolucionando en ese momento preciso...–Claro.
–¿Y hoy en día se toma como posibilidad el equilibrio puntuado?–Sí, claro. Yo creo que ambas teorías conviven. Es muy complicado llegar a una síntesis total entre las dos. Le pongo un ejemplo: en el hombre uno ve una evolución en mosaico. No es lo mismo la evolución del cerebro o de la capacidad craneana que la evolución del largo del cúbito, o del fémur. Cada una de nuestras partes puede llegar a evolucionar a tasas diferentes.
–Lo que quería señalar es que, dado que la evolución ha sido usada con fines racistas, fascistas, eugenésicos, no podemos desprendernos del bagaje ideológico que la acompaña. Y Gould es muy consciente de eso.–Sí.
–¿Y qué más me puede contar sobre la evolución?–Por un lado, que es una cosa impredecible, ciega y azarosa. Uno puede estudiar la evolución a nivel del fenotipo, pero cuando uno trata de entender cómo es que se construye la evolución, cuáles son los mecanismos que determinan la evolución, todo se vuelve muy pero muy complejo.
–La biología evolutiva no es una ciencia newtoniana. La postulación de la evolución y de la termodinámica adelantan lo que va a pasar a fines del siglo XIX con la ciencia.–Sí, estoy de acuerdo con eso. Y por otro lado, es necesario desarmar la idea de que lo más evolucionado es lo más perfecto. Nosotros, por ejemplo, somos muy evolucionados, pero si nos tiran al río nos morimos en dos minutos.
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