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domingo, 12 de febrero de 2012

Musica y Psicoanalisis

PSICOLOGIA › MUSICA Y PSICOANALISIS

Madre de toda melodía

La aptitud del ser humano para ser afectado por la música nace en esos primeros meses en que “las caricias y la voz son parte del mismo ‘baño sonoro’”, advierte el autor de esta nota, y sostiene que “esta relación germinal es lo que diferencia la música de las otras artes y explica sus efectos”.
 Por Guido A. Idiart *
Múltiples investigaciones concuerdan en que el aparato auditivo comienza a desarrollarse tempranamente, a diferencia del aparato visual, que termina de desarrollarse meses después del nacimiento (Gabriel Federico, El embarazo musical, ed. Kier, 2002). A los tres meses de gestación, el feto ya puede percibir los sonidos intrauterinos y a partir de los cuatro meses los sonidos externos. El oído se termina de formar a los siete meses de gestación y este hecho le da un valor fundamental, ya que los demás sentidos se terminan de desarrollar luego del nacimiento. Reconocer visualmente a la madre exige la integración de diversas percepciones que no están disponibles al nacer, no así el reconocimiento de la voz y los demás sonidos. La vista es uno de los últimos sentidos en desarrollarse.
En el medio intrauterino predominan los sonidos graves, el corazón de la madre marca un ritmo constante y su voz se destaca entre los demás sonidos por su registro agudo y su aparición intermitente. Mientras los sonidos intrauterinos podrían considerarse ruido, debido a su constancia y a su superposición caótica, la voz de la madre puede considerarse, ya en este temprano momento, como sonido: una diferencia que se destaca entre ese caos, una melodía más o menos determinada que aparece de a ratos y cuyo tono, más bien agudo, favorece su percepción, dadas las características físicas del temprano aparato auditivo. Esto explica el hecho probado de que el bebé recién nacido prefiera la voz humana, en especial la de su madre, a otros sonidos del medio: gira su cabeza al escucharla, se tranquiliza.
El sonido afecta directamente al cuerpo. Todo órgano vibra y responde a vibraciones del medio y esto es percibido. La escucha se mezcla con las propias percepciones en una experiencia que involucra al cuerpo entero ya desde la gestación. Existen estudios que demuestran los efectos de la música en el organismo: cambios en las frecuencias cardíaca y respiratoria, cambio en el tono muscular y de las frecuencias cerebrales, en las respuestas galvánicas de la piel, en la movilidad gástrica e intestinal, en los reflejos pilomotores y pupilares, y muchos más.
Es un hecho comprobado que la prematuración del cachorro humano lo vuelve dependiente de los cuidados maternos. La madre introduce al niño en el lenguaje, le demanda que hable. En esa relación cuerpo a cuerpo, las caricias y la voz son parte del mismo “baño sonoro”, como lo denominan algunos musicoterapeutas y que nos suena a lo que Didier Anzieu (Yo-piel, Biblioteca Nueva, 1974) denomina “envoltura sonora”.
Arminda Aberastury (“La voz como música en la temprana comunicación madre e hijo”, en Revista de Musicoterapia, Nº 1, 1972) coincide en ubicar el nacimiento de la música y el lenguaje hablado en los juegos verbales entre el bebé y la madre, e insiste en marcar que el objetivo de esos juegos no es la comunicación de ningún sentido, sino formas de reparación de la ansiedad ante la pérdida del objeto. Cita a Schiller cuando define el efecto de la música como la unión del niño con su madre. La madre le habla al niño después y antes de su nacimiento, y puede verificarse que le habla de una manera especial: con una voz a veces aniñada, con ritmos lentos y grandes pausas como a la espera de la respuesta. Entonando al final de las frases, con un vocabulario simple y restringido, a veces jugando con puras onomatopeyas, sincronizando el ritmo de sus palabras con caricias o incluso haciendo de ventrílocuo de su hijo, imaginando el sonido de su voz, nombrando partes del cuerpo, y sobre todo, demandando reconocimiento, como en el clásico “decí ma-má”. Las repeticiones, ecos, son una constante, tanto de lo que la madre dice como de los sonidos que el niño pueda generar. Los sonidos del mundo son interpretados e introducidos en forma verbal por la madre.
Toda lengua es lengua materna e implica siempre un cuerpo gozante: antes de que las palabras y sus significados entren en juego de función conjunta, hay un juego musical con el lenguaje, un juego de goce entre la madre y el niño, al ritmo de las canciones de cuna y de caricias. Esa voz que envuelve y que se fusiona con el cuerpo deberá ir discriminándose y separándose para dar lugar a la palabra; entonces el discurso hablado cobrará entidad propia y su relación con el cuerpo quedará escondida detrás de las demandas puramente verbales.

“aeiouoieaeiouoiea”

La música es un sistema simbólico que puede pensarse como un discurso, un sistema cuyos elementos significantes son los sonidos, ordenado en función de ciertas convenciones. Pero se trata de un discurso diferente al discurso hablado; su sentido es otro que el significado. Podemos afirmar que la música y el lenguaje hablado nacen juntos y, gracias a la primacía del oído, su reino de origen es lo que Lacan (Seminario 20) denominó lalengua. El neologismo une el artículo “la” con el sustantivo “lengua” [langue] y contiene el concepto de laleo o lalación, acuñado por el lingüista ruso Roman Jakobson. El laleo es un período, previo a la adquisición del lenguaje, en el que el niño juega con los sonidos, con diversas sílabas que formarán parte del discurso. La adquisición del lenguaje requerirá la puesta en función de diversas extracciones: la introducción del silencio entre vocales se realizará mediante una serie de sonidos, las llamadas consonantes. Estas introducen cortes en el devenir de las vocales, que podrían sucederse al infinito sin detención alguna. Para comprobarlo, hágase el ejercicio de decir o cantar una vocal y, sin dejar de hacerlo, pasar por las otras cuatro al estilo de “aeiouoieaeiouoiea”: las consonantes establecen cortes en esa continuidad, cierran la boca o interponen la lengua o hacen jugar al paladar, estableciendo diferencias, permitiendo la construcción de un sistema significante a base de cortes (ejemplo: “ma me mi mo mu mo mi me ma”).
El laleo ya implica la puesta en juego de una extracción que permita la formación de una sílaba. La entrada del niño al lenguaje es a través de la relación de la madre con su lalengua, y es en clave de goce como el niño comienza a jugar con esos elementos sonoros que más tarde conformarán su idioma. Este juego compromete al cuerpo en relación con su boca, paladar, lengua y demás elementos del aparato fonador.
Desde una perspectiva psicofisiológica, Juan C. Roederer (Acústica y psicoacústica de la música, ed. Ricordi Americana, 1997) plantea algo similar: “¿Por qué respondemos emocionalmente a mensajes musicales complejos que no parecen contener ninguna información esencial para la supervivencia? El hecho de que la mayoría de nosotros lo hagamos –con frecuencia sin poseer ninguna preparación especial– indica que el cerebro humano está instintivamente motivado a entretenerse con operaciones de procesamiento sonoro aun cuando dicha actividad no sea requerida por las circunstancias ambientales del momento. Esta motivación bien puede ser el resultado de una tendencia innata a entrenarse desde muy corta edad en las altamente sofisticadas operaciones de análisis auditivo necesarias para la percepción del habla”.
La música, al prescindir del significado, al no incurrir en el malentendido de la comunicación verbal, muestra en carne viva su relación con lalengua. Es esta relación germinal lo que diferencia la música de las otras artes y explica sus efectos. La música compromete al ser hablante en tanto eco de lalengua, lo afecta. Prueba de esto es el acto del baile, en su concepción más esencial como cuerpo afectado por el sonido musical.
* Licenciado en psicología. Psicoanalista y compositor. Coordinador del Equipo de Docencia en Investigación en el hospital de día del Hospital Alvarez. Texto extractado del trabajo “La música como discurso sin palabras y sus consecuencias en la clínica de las psicosis”, incluido en Esto lo estoy tocando mañana. Música y psicoanálisis, por Pablo Fridman (comp.), de reciente aparición (ed. Grama).
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Descubrimientos cientificos


SÁBADO, 3 DE DICIEMBRE DE 2011
LOS DESCUBRIMIENTOS QUE SE REALIZAN POR “CASUALIDAD”

Serendipias

 Por Pablo Capanna
En 1938, el químico Roy J. Plunkett trabajaba en los laboratorios Du Pont, empeñado en obtener nuevas sustancias refrigerantes a partir del freón. Estaba realizando pruebas con tetrafluoroetileno (TFE) gaseoso, cuando su ayudante le advirtió que el gas había dejado de fluir hacia la cámara de ensayo, pero había dejado un sedimento blanco en el fondo de los cilindros donde se almacenaba. Al parecer, la sustancia había polimerizado espontáneamente. El polvo resultó ser una sustancia inerte ante todos los solventes y ácidos de que disponía el laboratorio. Plunkett acababa de inventar (¿o descubrir?) el Teflón (TFE). Du Pont se apresuró a patentarlo y puso en marcha un gran negocio.
A comienzos de los años ’40, Georges de Mestral, un ingeniero suizo entonces muy joven, tenía la costumbre de hacer largas caminatas por el bosque en compañía de su perro. El único inconveniente era que después del paseo tenía que perder un buen rato desprendiendo del pelo del animal y de su propia ropa las hojas de una maleza similar a esa que aquí conocemos como “abrojo”. De Mestral observó la planta al microscopio y vio que las hojas terminaban en formas ganchudas que les permitían aferrarse al tejido y al pelo. Se le ocurrió que con ese principio podían fabricarse cierres para la ropa. Le llevó ocho años desarrollar la idea, pero en cuanto pudo disponer de un material como el nylon, produjo dos tiras, una con bucles y otra con ganchos, que se unían de manera bastante resistente. Había creado el cierre Velcro, que aún puede verse en muchas de nuestras prendas.
El adhesivo que los químicos conocen como cianoacrilato, y al que familiarmente llamamos “la gotita”, fue descubierto dos veces por la misma persona: el Dr. Harry Coover. La primera vez fue durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Coover estaba tratando de desarrollar un plástico ópticamente claro para la mira de las ametralladoras, y la segunda –nueve años más tarde–, cuando buscaba un polímero resistente al calor para poner en las ventanillas de los jets. En ambos casos, el producto resultó excesivamente pegajoso, y las dos veces le arruinó un par de costosos anteojos. La primera vez apenas hizo renegar a Coover, pero cuando le volvió a pasar se le ocurrió que eso podía comercializarse como adhesivo. Para 1958 apareció en el mercado, y sigue estando.
Dos productos adhesivos más uno que no tolera las adherencias podrían dar lugar a un chiste fácil sobre gente que “la pegó” casi sin proponérselo. En los tres casos se trata de descubrimientos con valiosas aplicaciones comerciales, que aparentemente nacieron del azar.
Casos como éstos pertenecen a toda una familia de “inventos” o “descubrimientos” que se explican más por una afortunada casualidad, que por la rigurosa aplicación de un método o tan siquiera una búsqueda sistemática de resultados.
A la misma familia de hallazgos inesperados pertenecen muchas otras tecnologías, entre las cuales podemos mencionar la goma vulcanizada, los vidrios de seguridad, el celuloide, el celofán y el neoprene. Hasta la dinamita, que hizo sentirse culpable a Alfred Nobel tras la muerte accidental de su hermano, y lo indujo a crear los famosos premios.
Descubrimientos como éstos también es posible encontrarlos en el campo de las ciencias de la salud. El más conocido debe ser el descubrimiento de la penicilina que hizo Fleming, cuando se puso a analizar un cultivo que había enmohecido. Con eso abrió la puerta a los antibióticos, que salvaron millones de vidas. Pero el LSD-25, que contribuyó a arruinar muchas otras vidas cuando puso en marcha la carrera de las drogas, también nació de un descubrimiento fortuito del químico Hoffmann.
El uso de la aspirina como anticoagulante y el empleo de la quinina para combatir la malaria se debieron a golpes de suerte. El mismo origen tuvieron la insulina, el Papanicolau, los rayos X y hasta esos pilares del erotismo posmoderno que son el Viagra y el bótox.
A primera vista, hallazgos como éstos escapan a cualquier racionalidad que no sea la de las probabilidades. Parecerían equivaler a esos golpes de suerte que ocurren en los juegos de azar. Así como hay gente que acierta a la ruleta o la lotería, hay otros que sin proponérselo descubren nuevos materiales y medicamentos salvadores o hacen avances significativos en la ciencia básica.
Para este tipo de circunstancias se ha propuesto el pintoresco nombre de “serendipias”. Pero no todos los que lo usan están de acuerdo en cuanto al alcance que se le pueda dar al concepto, según las distintas epistemologías.

LOS PRINCIPES DETECTIVES

En los mapas antiguos, donde China era Catay y Japón se llamaba Cipango, Serendip era el nombre de esa isla que luego se llamaría Ceilán y hoy conocemos como Sri Lanka.
Un cuento tradicional persa, conocido en Europa desde el siglo XVI, narraba la historia de tres príncipes de Serendip a quienes su padre, el rey de la isla, había enviado a Irán en misión comercial.
Los tres serendipitanos eran tipos de suerte. Una suerte tan increíble que les permitía salir airosos de todos los problemas, porque las soluciones se les aparecían sin que las buscaran.
Un día que se propusieron ayudar a un hombre que había perdido un camello, fueron capaces de dar tantos datos sobre el animal que el campesino pensó que ellos eran quienes lo habían robado y los hizo meter presos. Sin haberlo visto nunca, sabían que era tuerto y cojo, que le faltaba un diente y que lo conducía una mujer embarazada.
No sé cuál fue la intención que tuvo el autor de la historia, pero cualquiera diría que los tres príncipes no eran tipos suertudos sino grandes detectives: ¡podían haber sido los antepasados de Sherlock Holmes! Analizando los pocos indicios con que contaban, inducían (o deducían, como hubiera dicho el doctor Watson) que el camello, por ejemplo, era ciego de un ojo porque había comido el pasto de un solo lado del camino.
Nada de eso es suerte. Por el contrario, se diría que es el producto de la observación y del método. Pero por esas vueltas de la literatura, los tres príncipes de Serendip quedaron como unos afortunados jugadores y nunca se volvió a hablar de ellos.
El primero que usó la palabra serendipity en el sentido de “casualidad afortunada” fue el escritor Horace Walpole, en una carta donde le contaba a un amigo que había encontrado, en el lugar menos pensado, un grabado que andaba buscando desde hacía tiempo.
Un siglo más tarde, el sociólogo Robert K. Merton descubrió la palabra por casualidad en el diccionario de Oxford y la adoptó desde entonces para designar a los descubrimientos fortuitos de la ciencia.

GOLPES DE SUERTE

Llevando las cosas un poco más lejos, recordemos que cuando Kekulé soñó con una serpiente que se mordía la cola y formaba un anillo, al despertar se le ocurrió que así podía representarse la fórmula del benceno, con el cual le hizo dar un gran paso a la química orgánica. ¿Es legítimo afirmar que la química de los hidrocarburos nació de un sueño, o más bien habrá que decir que el sueño fue la circunstancia que permitió culminar un razonamiento?
Del mismo modo, el día en que Arquímedes salió corriendo de los baños públicos de Siracusa gritando “¡Eureka!” porque había descubierto el principio hidrostático, había tenido la suerte de descubrir una ley natural. Pero, al igual que en el caso anterior, subsiste la duda.
Con estos casos pasamos al terreno de la ciencia básica, donde también las serendipias desempeñan un papel digno de ser tenido en cuenta. Autores como Merton, el fundador de la sociología de la ciencia, o Mario Bunge, que les dedicó el libro Intuición y ciencia (1962), se ocuparon de ellas, como un caso límite de la metodología.
Nadie niega que haya científicos con más “suerte” que otros, a quienes alguna vez el azar pudo favorecer con una ocasión propicia para el descubrimiento. Pero no todo queda ahí.
Los antiguos llamaban “Kairós” a la ocasión, y la pintaban con un solo mechón de pelo. Había que agarrarla cuando pasaba corriendo al lado de uno, porque ya no volvía a pasar. Las serendipias son ocasiones irrepetibles, pero no nos brindan el conocimiento en bandeja y listo para consumir. Dependen de la presencia de una mente alerta y con cierto entrenamiento, que no sólo las perciba sino que sepa sacarles provecho. Por eso, Pasteur decía que “el azar sólo favorece a una mente preparada”, esa que es capaz de observar cosas que la mayoría de nosotros pasaríamos por alto. Y la cosa más difícil de ver puede ser la que tenemos ante los ojos.
A veces, lo que parece ser un golpe de suerte es la conclusión de un laborioso razonamiento, que sigue su curso en segundo plano mientras estamos haciendo otra cosa. Arquímedes no gritó porque hubiera descubierto el enunciado del principio hidrostático escrito en el fondo de la piscina. Hacía días que venía preocupado por saber si los orfebres habían puesto oro genuino o una aleación en la corona del rey Hierón. Cuando vio que al sumergirse su cuerpo desplazaba una masa de líquido (algo que por cierto nadie habría dejado de observar), “vio” la solución. Fue como si se hubiera cerrado un circuito que vinculaba cosas aparentemente distintas.
En estos casos, como el de los rayos X, no se trata de auténticas serendipias. Tampoco lo son esas “casualidades” literarias de las que tanto se habla cuando aparece alguna novela que anticipó el hundimiento del Titanic o el atentado a las Torres Gemelas. Aquí estamos ante otro tipo de coincidencias, que merecen otro tratamiento.
De hecho, todos se pinchan con los abrojos, pero sólo uno inventó el Velcro. Cualquier laboratorista responsable se deshace de los cultivos que se han puesto verdes de moho, pero Fleming descubrió la penicilina. Silvio Rodríguez soñaba con serpientes, pero Kekulé encontró la fórmula del benceno. Si aplicamos esto al campo de la cocina, que no deja de tener su tecnología, diríamos que la fórmula para hacer dulce de leche fue una serendipia, pero el revuelto Gramajo fue fruto de un cálculo de insumos y productos.
Cuando introdujo el concepto de “serendipia”, Merton se proponía complementar al método hipotético-deductivo para dejarle algún margen a la variedad de experiencias posibles.
Los cursos que ha seguido la investigación a lo largo de su historia no han sido siempre lineales. Las metodologías sirven para ordenar la búsqueda, ahorrar tiempo, garantizar la objetividad y evitar caer en ilusiones, pero no es todo.
El sueño baconiano o positivista de un método perfecto tiene una limitación esencial: si existiera algo así, bastaría con seguirlo fielmente para producir avances significativos del conocimiento, sin necesidad de talento alguno.
A veces, los proyectos demasiado específicos producen escasos resultados, porque no permiten que la mente se mantenga abierta a lo imprevisto. Como observaba Arthur Kornberg, Nobel de Medicina, la investigación se parece más al pool que al billar. Por eso recomendaba dar a los investigadores una sólida formación en ciencia básica, entendiendo que los avances más importantes a veces habían venido de la curiosidad en torno de cuestiones fundamentales de física, química o biología.
En esas circunstancias, el azar es bienvenido; siempre que se le presente a alguien capaz de aprovechar la ocasión, que por algo la pintan calva.

Paradigmas


Los paradigmas que ya no son

 Por Rodolfo Gaeta *
Algunas palabras tienen una curiosa historia. En sus cautivantes Lecciones Preliminares de filosofía, Manuel García Morente refiere cómo el término “trascendental” –un complejo concepto filosófico vinculado con la teoría del conocimiento de Kant– llegó a ser sinónimo de “muy importante” en la lengua castellana. Cuenta el autor que en la España de fines del siglo XIX algunos oradores familiarizados con el pensamiento de Kant y partidarios del gobierno republicano empleaban la palabra “trascendental”, entendida en su genuino sentido; pero cuando otros políticos, carentes de formación filosófica, trataban de imitarlos, y dado que esa palabra suena importante, comenzaron a utilizarla, precisamente, como un adjetivo que denotaba importancia. En virtud de ese malentendido, el vocablo adquirió un significado completamente apartado del original. Confieso que nunca pude imaginarme de qué manera una palabra tan técnica como “trascendental” encontró alguna vez lugar apropiado en un discurso político, pero de todos modos, a falta de otra explicación, doy por cierta la narración.

El paradigma

Análogos fenómenos ocurren en nuestra época. Un caso muy destacado, sin duda, es el que ha protagonizado el término “paradigma”. Lo pronuncian los intelectuales, los políticos, los redactores de anuncios publicitarios, los periodistas deportivos, en fin, muchos usuarios de diferentes idiomas. Cualquier cambio que se quiera destacar, aunque se trate del formato de un asiento de bicicleta, se presenta como “un cambio de paradigma”. El tema merece algunas reflexiones, sobre todo porque –en contraste con lo acontecido con la palabra “trascendental”, por ejemplo– las confusiones en torno al concepto de paradigma aparecen por doquier y son frecuentes incluso en el ambiente académico.
La etimología nos remonta a la antigua lengua griega, en cuyo ámbito “paradigma” significaba “ejemplo, modelo”. Adquirió más tarde un sentido técnico en la lingüística, un modo de referirse a expresiones que ilustran el uso de un conjunto de componentes del lenguaje. Así, por caso, el verbo “amar” es el paradigma de la primera conjugación en castellano.
Thomas S. Kuhn, el autor que echó a rodar el término, sugiere que se inspiró en este último sentido cuando eligió la palabra “paradigma” como instrumento para analizar el desarrollo de las ciencias. Aquí la historia del término se entrecruza con los avatares de la vida de Kuhn. Poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, mientras estudiaba física, se le pidió que les diera un curso de historia de la ciencia a los estudiantes de humanidades. En esas circunstancias, vivió dos experiencias que encaminaron su concepción acerca de la ciencia. Una de ellas fue la dificultad que encontró en un principio para comprender cómo mentes de la talla de Aristóteles pudieron adoptar creencias que en la actualidad parecen completamente inverosímiles. La otra fue el contraste entre el comportamiento habitual de quienes investigan los fenómenos naturales, por un lado, y los científicos sociales, por el otro. Los primeros comparten, durante períodos a veces muy dilatados que Kuhn denominará “etapas de ciencia normal”, un determinado vocabulario y una serie de creencias, valores y métodos propios de su disciplina, de manera que sólo se ocupan de resolver problemas acotados; en algunas ocasiones, sin embargo esta posibilidad de crecimiento acumulativo parece agotarse y surgen condiciones propicias para que se produzca una revolución, una reacomodación radical del lenguaje y demás ingredientes de esa rama del conocimiento que iniciará un nuevo ciclo de ciencia normal. Los científicos sociales, en cambio, carecen de tales elementos unificadores, sus comunidades se hallan fragmentadas, envueltas en permanentes desacuerdos de todo tipo. Se encuentran aún, diría Kuhn, en una etapa precientífica.
Kuhn se convenció de que había hecho un importante descubrimiento. En su opinión, la tradicional creencia de que el conocimiento científico es el resultado de la aplicación de métodos fundados en el razonamiento y las observaciones no se ajusta a la historia de la ciencia. La continuidad de las hipótesis ptolemaicas o la adopción de la propuesta copernicana, por ejemplo, no podía resolverse apelando solamente a las observaciones o la lógica. Se requería, fundamentalmente, la elección de un punto de vista y la exclusión de otro. Los copernicanos percibían un mundo diferente del que veían los partidarios de Ptolomeo, del mismo modo que en un dibujo ambiguo una persona reconoce inmediatamente la figura de un pato mientras otra percibe la de un conejo. Los ptolemaicos han aprendido a examinar el cielo y resolver las cuestiones astronómicas bajo el supuesto de que la Tierra permanece estática. Y abandonar esa manera de proceder para adoptar la posición contraria exige una conversión mental. Asimismo, a fin de sortear la dificultad que Kuhn debió enfrentar, el historiador de la ciencia debe poder experimentar una especie de conversión retrógrada para poder ver el mundo con ojos aristotélicos. Estos procesos son el resultado de la acción de una constelación de factores que influyen en el surgimiento, la difusión, la persistencia y, tarde o temprano, el reemplazo de un enfoque determinado. Y Kuhn necesitaba darle un nombre que no estuviera asociado a la doctrina de ningún otro filósofo de la ciencia. Se inclinó por otorgar un nuevo significado a la palabra “paradigma”. Así, pues, una disciplina se constituye como ciencia a partir del momento en que una comunidad de expertos comienza a regirse por un paradigma, gracias al común reconocimiento de cierto logro; por ejemplo, una teoría que permite explicar adecuadamente los fenómenos celestes. La nueva acepción del término vio la luz en La estructura de las revoluciones científicas, de cuya aparición se cumplen 50 años. Kuhn sostenía que los paradigmas son incompatibles e inconmensurables entre sí: no hay un lenguaje común que posibilite la completa comunicación entre científicos partidarios de distintos paradigmas, ni posibles experiencias o argumentos que permitan resolver sus diferencias.

Las revoluciones

El destino de aquella obra ha sido, por cierto, bastante singular y en muchos aspectos no menos paradójico. En primer lugar, contra lo que cabría esperar de un libro que supuestamente iba a herir de muerte a la filosofía de la ciencia vigente, mereció consideración inicial porque fue publicado en la colección de la Enciclopedia de la Ciencia Unificada, el órgano de difusión creado por los miembros del Círculo de Viena, y gracias a la recomendación de Rudolf Carnap, uno de los más consecuentes representantes del empirismo lógico. Esta circunstancia revela no solamente la honestidad intelectual y la apertura de los editores sino también una clave para valorar las contribuciones de Kuhn. Creo que, contrariamente a las expectativas del propio autor, algunos destacados empiristas no encontraban en ellas la ruina de su tradicional programa sino, en todo caso, una apreciable complementación de los análisis que habían emprendido. La posterior evolución del pensamiento de Kuhn, así como la reciente revalorización de los aportes de los filósofos prekuhnianos, indican que las diferencias entre Kuhn y sus predecesores es menos espectacular que la apariencia. Baste recordar que las tesis de la carga teórica de la observación, el papel de la teoría en la recolección de datos o los componentes convencionales de la ciencia, presentadas a menudo como la refutación del empirismo, no fueron introducidas ni por Kuhn, ni por Hanson ni por ninguno de los exponentes de la “nueva filosofía de la ciencia”. Aparecen ya en las obras de Bacon, de Comte, y sobre todo en las de Mach, Carnap y Popper, entre otros.
Pero si algunos autores pasaron por alto la falta de rigor de Kuhn y hasta toleraron manifiestas contradicciones –como la de afirmar y después negar que los científicos que trabajan en diferentes paradigmas viven en mundos distintos– otros lo rechazaron. Una de las dificultades surgía a propósito del significado del término “paradigma”. Margaret Masterman encontró en sus páginas al menos veintiún sentidos diferentes de ese vocablo. Otro concepto sumamente problemático era el de la inconmensurabilidad. No se entendía cómo los científicos que han sido formados dentro de un mismo paradigma, los galileanos y sus rivales, por ejemplo, pueden perder de pronto la capacidad de comunicarse entre sí. Menos comprensible y más paradójica aun era la posibilidad de que los historiadores y los filósofos de la ciencia lograran transponer las barreras de la inconmensurabilidad para examinar cualquier paradigma, por lejano que les resultara en un principio.
Las tesis de Kuhn debían enfrentar también otra clase de dificultades. Por un lado, la desvalorización de la razón y de la contrastación empírica, que ceden su lugar a factores históricos, psicológicos o sociales durante los episodios revolucionarios, equivale a defender una concepción extremadamente irracionalista de la ciencia, oscurecer la posibilidad de diferenciarla de otras actividades y abandonar la esperanza de que produzca un verdadero progreso. Por otro lado, si la tarea desarrollada a lo largo de los períodos de ciencia normal, es decir, durante la mayor parte del tiempo, está determinada por el paradigma reinante, la historia de la ciencia parece resumirse en una sucesión de decisiones arbitrarias intercaladas entre dilatadas etapas de profundo dogmatismo. Se entiende, entonces, por qué los que atribuían a la ciencia un esencial y permanente ejercicio de la crítica, como Popper, rechazaran el autoritarismo encarnado en la ciencia normal...
La respuesta de Kuhn consistió en negar que fuera irracionalista o subjetivista y para mostrarlo reelaboró sus argumentos. Esa tarea le insumió el resto de su vida. Pero murió sin llegar a finalizar el libro que prometía una versión definitiva de su doctrina. De todos modos, en las siguientes publicaciones introdujo cambios. Sostuvo que los distintos significados del término “paradigma” podrían reducirse a dos: en un sentido amplio, entendido como una matriz disciplinar compuesta por generalizaciones simbólicas (leyes o definiciones), modelos, valores y presuposiciones metafísicas; en un sentido más acotado, concebido como ejemplares, modelos de problemas y soluciones desprendidos de aquella matriz que guían a una comunidad científica durante los períodos de ciencia normal.

Los seguidores

Pero mientras Kuhn se esforzaba para responder a sus críticos, fue surgiendo una legión de simpatizantes que se entusiasmaron con las interpretaciones menos sensatas de su posición. Lo confirma el comentario de un colega vienés del autor de La estructura...: “Kuhn alienta a personas que no tienen idea de por qué una piedra cae al suelo a hablar con seguridad acerca del método científico”. Si el lector de estas líneas piensa que quien profirió semejante sentencia fue Popper o algún malhumorado y decrépito sobreviviente del Círculo de Viena, está equivocado. Las palabras pertenecen nada menos que a Paul Feyerabend, el enfant terrible de la filosofía de la ciencia.
En efecto, la deliberada informalidad del lenguaje de La estructura..., la amenidad del relato, la vaguedad de sus ideas y su simpática actitud iconoclasta atrajeron a un variado público que experimentaba la sensación de comprender por fin en qué consiste la tarea científica y, en muchos casos, daba rienda suelta a la oportunidad de sortear el incómodo respeto que la ciencia pretendía imponer. Solamente así se explica que un libro encuadrado en una disciplina hasta ese momento reservada para laboriosos eruditos se convirtiera en un best seller, traducido a dieciséis idiomas y con un millón de ejemplares vendidos. En terrenos cercanos a la actividad académica despertó simpatías que originaron dos tendencias.
Por un lado, el menoscabo del papel de la experiencia y el razonamiento en las decisiones científicas y la importancia que se atribuía a otros factores –los psicológicos y los sociales, por ejemplo– extremaron un enfoque que Kuhn parecía haber habilitado pero nunca desarrolló: disolver la filosofía de la ciencia en la sociología –el caso de Barnes y Bloor– o aun en la curiosa etnografía de la ciencia –el caso de Latour–. Pero los que celebran estos ensayos no parecen tener seriamente en cuenta una dificultad que amenaza desde siempre a los relativistas.
Si aceptar una teoría científica no depende de su plausibilidad ni del resultado de experimentos sino de las relaciones de fuerza y los intereses de los miembros de una comunidad científica, la validez de las hipótesis queda fuertemente comprometida. Mas esta conclusión se vuelve contra sí misma: porque la historia, la psicología y la sociología que la avalan serían tan poco confiables (si no menos) que las ciencias naturales y no habría ningún motivo para tomarlas por verdaderas. Peor que una victoria pírrica, esta forma de kuhnianismo desemboca en un colectivo suicidio intelectual.
Otra tendencia fue la creación de un nuevo deporte epistemológico: la caza de paradigmas. Animados por el impiadoso retrato que parecía desalojar las ciencias naturales del pretendido pedestal de la objetividad, quienes no estaban dispuestos a desaprovechar la oportunidad que les brindaba Kuhn dejaron de lado la idea de que las ciencias sociales poseen métodos completamente diferentes de los que usan las ciencias naturales y pasaron a sostener que ambos tipos de ciencia comparten las mismas características: se desenvuelven gracias a los paradigmas. Procuraron entonces identificar los paradigmas correspondientes a las ciencias sociales, a fin de igualarlas con las naturales. Sin embargo, esa empresa chocaba con un grave defecto de nacimiento, pues mientras en las ciencias naturales generalmente se encuentran creencias y métodos ampliamente compartidos por los investigadores de una disciplina, esto no sucede en las ciencias sociales. La solución que encontraron fue candorosamente sencilla. Postularon que en una disciplina social es usual que coexistan varios paradigmas. Así, por ejemplo, los marxistas, los keynesianos y la escuela de Chicago podrían desarrollar paradigmas simultáneos en la ciencia económica. Pero esto contradice irremediablemente las suposiciones de Kuhn y priva de legitimidad al uso del concepto de paradigma. En la situación típica, para que algo pueda funcionar como un paradigma, es necesario que haya derrotado a los demás competidores y monopolice las prácticas de la comunidad científica.
Así, al tiempo que se hacía más popular, Kuhn debía defender su concepción de la ciencia en varios frentes. Por un lado, responder las objeciones de los filósofos que no encontraban coherentes o satisfactorios sus análisis. Por otro lado, se veía obligado a alejarse del intento de convertir la filosofía de la ciencia en una rama de la sociología y de la tergiversación de sus ideas que hacía lugar a pretensiones tan insostenibles como la coexistencia de varios paradigmas en una misma disciplina. Declaró que no compartía en absoluto aquellos intentos porque nunca pretendió poner en duda la autoridad del conocimiento científico. Sus publicaciones evidencian una posición cada vez más moderada. Presentan las revoluciones científicas como el surgimiento de nuevas especialidades más que como episodios dramáticos. La inconmensurabilidad queda restringida a la incompatibilidad de algunos términos y no constituye una barrera infranqueable. Con razón John Horgan ha descripto a Kuhn como un “revolucionario renuente” mientras que Newton Smith lo comparó con los revolucionarios que luego se convierten en socialdemócratas.
A esta altura cabe preguntarse: ¿Y qué sucedió con los paradigmas? Kuhn reconoció que el término, como los personajes de Pirandello, se le había escapado de las manos. Y se había vaciado completamente de sentido. Entonces, renunció explícitamente a seguir utilizándolo. Aunque de vez en cuando cedía y, quizá con la nostalgia del hombre maduro que recuerda un perdido amor juvenil, volvía a recordar “lo que alguna vez llamé un paradigma”.
* Filósofo, profesor titular de Historia y de Filosofía de la ciencia (UBA).

lunes, 9 de mayo de 2011

Teoria de la Comunicación

Teoria de la comunicacion

Gregory Bateson

Antropólogo, científico social, lingüista y cibernético interesado en el estudio del control y comunicación en los sistemas complejos: organismos vivos, máquinas y organizaciones.Nace en Estados Unidos en 1904 y muere en San Francisco en 1980. Adquirió su formación en la universidad de Cambridge en el área de antropología social y cibernética dónde aplicó a la psiquiatría los principios de la teoría de la comunicación.Este científico angloestadounidense es conocido por el desarrollo de la teoría del doble vínculo de la esquizofrenia, junto con uno de los líderes en teoría de la comunicación, Paul Watzlawick, su colega en el Mental Research Intitute de Palo Alto, y por ser el esposo de la prestigiosa antropóloga Margaret Mead.
Sus investigaciones y reflexiones abarcaron áreas tan variadas como: antropología, etnología, teoría del aprendizaje, psicología anormal, cibernética, teoría de sistemas, lógica, epistemología, entre otras. 


Bateson y el modelo comunicativo de Palo Alto

La cibenética nace con Norbert Wiener durante la Segunda Guerra Mundial, a partir del problema de automatizar la conducta de tiro de los cañones antiaéreos. Un tema que en principio parece tan alejado de nuestros intereses dio luz sin embargo a un concepto fundamental: el feedback o retroalimentación. Wiener postuló como forma de regulación de la conducta, en pos de los objetivos prefijados, la modificación que se da a partir de la información que se recibe acerca de los efectos que ha tenido la conducta anterior del actor. En su caso, si el cañón está informado de la distancia entre el avión y la explosión de sus obuses, puede ir acercándose progresivamente hasta abatirlo. Este modelo, de carácter esencialmente circular, se contrapone al modelo lineal de la teoría informacional. Wiener sugirió que el principio del feedback subyacía en un sinnúmero de sistemas diferentes, no sólo mecánicos. Por ello propuso los postulados de una nueva ciencia que estudiaría el “control y la comunicación en el animal y la máquina”, tal como rezaba el subtítulo de su libro Cibernética, de 1948. Otro aspecto en común de los investigadores en cuestión es la comprensión de la comunicación como un proceso complejo que discurre a través de múltiples niveles integrados entre sí.
La comunicación se concibe como un sistema de canales múltiples en el que el actor social participa en todo momento, tanto si lo desea como si no; por sus gestos, su mirada, su silencio e incluso su ausencia… En su calidad de miembro de una cierta cultura, forma parte de la comunicación, como el músico forma parte de la orquesta. Pero en esta vasta orquesta cultural no hay director ni partitura. Cada uno toca poniéndose de acuerdo con el otro. Sólo un observador exterior, es decir un investigador de la comunicación, puede elaborar progresivamente una partitura escrita, que sin duda se revelará altamente compleja.
Como se desprende de la cita, la alusión a la metáfora de la orquesta, en contraposición a la del tubo -o al decir de Winkin, del telégrafo- implica, además de la simultaneidad de múltiples canales, la existencia de una partitura. Este es otro punto en común importante: la premisa de que la comunicación humana se guía por una serie de normas o reglas de interacción que regulan todos los aspectos involucrados. No sólo debe considerarse una gramática del lenguaje, sino también gramáticas paralingüísticas, gestuales, espaciales, etc. Así como los lingüistas buscan los sonidos que -entre los cientos capaces de producir el aparato fonador humano- escoge una cultura para construir el lenguaje, así también es imperioso plantearse la siguiente pregunta: “¿cuáles son, entre los millares de comportamientos corporalmente posibles, los que retiene la cultura para constituir conjuntos significativos?”. Es necesario aclarar que no debe entenderse que estas gramáticas corporales (en sentido amplio) son conscientes para los actores. Como afirmará Gregory Bateson: “para nosotros resulta evidente que la mayoría de los procesos mentales (comprendidos en particular los mismos procesos de percepción) no pueden ser controlados por la conciencia”. Tanto el aprendizaje de estacompetencia comunicativa como su utilización cotidiana son en gran medida inconscientes. Finalmente, como se verá, la comprensión de los actos comunicativos es indisoluble del contexto en que se desarrollan, por lo que estas investigaciones dan en el centro de las críticas que recibe el modelo shannoniano. No es posible incluso establecer una taxonomía de la competencia comunicativa que no la refiera a su utilización concreta, como demostrará el fracaso de Ray Birdwhistell para establecer una jerarquía clara de los gestos corporales y una clasificación de los mismos de acuerdo a su supuesto significado.

De la esquizofrenia a una teoría general de la comunicación

Mencionamos en el punto anterior que el modelo de comunicación que nos ocupa se fue conformando a partir de matrices disciplinarias diversas. Pues bien, uno de los campos a partir de los cuales se va conformando esta teoría es la búsqueda de explicación para algunas psicopatologías, especialmente la esquizofrenia. Gregory Bateson se dedica a este problema a lo largo de la década del ’50, utilizando un marco teórico al que se lo puede acusar de eclecticismo. Por un lado Bateson aplica los postulados de la cibernética de Wiener, en la que encuentra una respuesta a las cuestiones pendientes de sus estudios antropológicos de la década del ’30. A partir de investigaciones realizadas en Nueva Guinea, Bateson había formulado el concepto de cismogénesis, por el que entiende la génesis de un cisma en el seno de un sistema social. Distingue así entre una cismogénesis simétrica, cuando los interactuantes responden con actitudes similares (presentes con presentes, insultos con insultos) y una cismogénesis complementaria, en que los interactuantes asumen papeles del tipo sadismo/masoquismo, dominador/sumisión, exhibicionismo/voyeurismo. Este concepto, si bien supone una brillante intuición por parte de Bateson, no alcanza a explicar las razones de la estabilidad o crisis de un sistema. El aporte de la cibernética supone una forma más simple y clara de conceptualización, ya que la idea del feedback negativo puede explicar cómo un sistema alcanza el equilibrio a partir de una serie de autocorreciones sucesivas. Como este concepto va a ser aplicado posteriormente por Watzlawick a la interacción grupal y familiar, nos parece importante detenernos un poco en él. Básicamente, existen dos formas diferentes de feedback, el positivo y el negativo. En el primer caso, las posiciones de los interactuantes son cada vez más distantes a medida que pasa el tiempo, ya que se alejan progresivamente. En el segundo, la respuesta de cada interactuante es utilizada por el otro para acercar su posición. De este último tipo es el feedback que preocupaba a Wiener para sus cañones antiaéreos. Respecto al feedback positivo se pueden pensar ejemplos como la caída de las acciones de una empresa en la Bolsa (empiezan a venderse y por lo tanto su precio baja, lo que hace que sus poseedores se desprendan de ellas y el precio baja más todavía, en una espiral creciente) o la especialización del conocimiento y de las profesiones (más gente se incorpora al proceso de producción de conocimiento, éste se especializa, la especialización favorece dedicarse a temas más específicos, y así de manera creciente). Además del concepto de feedback, una constante de la conceptualización de Bateson es su insistencia en que la comunicación se da en múltiples niveles lógicos. La teoría de los tipos lógicos de Russell es un marco teórico ilustrativo, aunque no explica el funcionamiento de la comunicación real, sino que más bien alerta acerca de sus complejidades. De hecho “es mala historia natural esperar que los procesos mentales y los hábitos de comunicación de los mamíferos se adecuen al ideal del lógico” Russell estaba preocupado por las paradojas lingüísticas del tipo que sigue: Todos los cretenses son mentirosos (Epimenides). Veamos esta paradoja más detenidamente: si la afirmación es cierta, entonces todos los cretenses mienten; siendo Epiménides un cretense, también él ha de mentir, y por lo tanto los cretenses dicen la verdad. Mientras que si la afirmación es falsa, esto quiere decir que los cretenses dicen la verdad, algo que abarca también los dichos de Epiménides, por lo que los cretenses mienten. O sea que si la afirmación es cierta es falsa y si es falsa es cierta. A esto se suele llamar justamente una paradoja. Considérese los siguiente y muy conocidos acertijos:
1.                Un barbero de un pueblo pequeño afeita la barba de todos los hombres del pueblo que no se afeitan a sí mismos ¿el barbero afeita su barba o no lo hace?
2.                Un rey había promulgado una ley según la cual todo forastero que llegase a su Estado debía declarar el auténtico motivo de su entrada en el reino. Aquellos que no dijeran la verdad serían ahorcados. Esto hizo que arribara allí un sofista que declaró que el auténtico motivo de su visita era ser ahorcado en virtud de aquella ley. Luego ¿debe ser ahorcado o no el sofista?
Para Russell estas paradojas se forman cuando se confunden tipos lógicos diferentes. La premisa central de su teoría es que una clase no puede ser miembro de sí misma, es decir que no han de mezclarse los objetos de una clase con los rótulos que la designan. En un acercamiento primario esto es evidente: el rótulo “reloj” designa a todos los objetos que son relojes, pero no es él mismo un reloj. Ahora bien, al interior del lenguaje debe operar la misma diferenciación de niveles o tipos lógicos. En la paradoja de Epiménides, la ocurrencia “cretenses” aparece por una parte designando a un miembro de la clase (Epiménides) y por la otra a la clase misma. Por su parte el barbero es en un momento miembro de la clase de hombres y en otro la clase misma. El nivel de la clase es un metanivel, ya que designa o comenta al conjunto de la clase. Es claro que este tipo de acertijos parecen muy alejados de la comunicación “real”, pero Bateson y la Escuela de Palo Alto demostrarán que no lo están en absoluto. Bateson distingue al menos tres niveles lógicos diferentes en la comunicación (aunque éstos son teóricamente ilimitados). Un primer nivel es el denotativo (“el gato está sobre el felpudo”), un segundo nivel es el metalingüístico7 (“El sonido verbal «cat» representa cualquier miembro de una clase tal y cual de objetos”) y un tercer nivel que llama metacomunicativo (“Esto es juego”). Estos tres niveles son asimilables a los tipos lógicos russellianos y, según el principal axioma de esta teoría, los miembros de una clase no deben formar parte de la misma, o surgen paradojas lingüísticas. Para Bateson esta diferenciación absoluta de niveles es imposible en la comunicación, por lo cual las paradojas asechan permanentemente a la misma. Veamos el siguiente chiste:
En Sicilia, un chico le cuenta a su madre:
- Mami, en el colegio me dicen mafioso
- Bueno hijo, yo iré mañana a arreglar eso
- Bueno, pero que parezca un accidente
Lo gracioso de este chiste (y de la inmensa mayoría de los chistes) es que una situación que aparenta ser de un tipo, se demuestra de uno muy distinto. Ahora bien, lo que hay atrás de esto es que la comunicación ha de estar rotulada de alguna manera, ya que un mismo enunciado (“iré mañana a arreglar eso”) puede tener sentidos muy diversos, algunos esperables otros inesperados. Es decir que debe haber una manera de indicar un metanivel, o sea una metacomunicación. Estas características de la comunicación no son privativas del género humano, sino comunes a todos los mamíferos superiores. La actividad que da la clave es el juego, es decir una conducta que no es distinguible de otras como el combate que son sin embargo claramente distintas en su significación. Los animales deben poseer alguna forma de metacomunicar para poder jugar, es decir de definir la relación como juego. Recuérdese la sucesión de acciones (tics/guiñadas/parodias/ensayos) que describe magistralmente Clifford Geertz. La observación de lo “visible” no permite dar cuenta de lo que aquí ocurre, ya que lo que se denotaría es similar. De hecho, Bateson sugiere que los mensajes intercambiados en el juego denotan acciones que son las que precisamente no existen, y por eso no son tomados en serio. Lo que debe introducirse como noción explicativa es que los mensajes metacomunicativos establecen marcos psicológicos, concepto que se desprende de la teoría de conjuntos. Los marcos operan en forma similar a un marco físico, es decir que indican dónde termina el cuadro y empieza la pared, o sea que limitan o recortan como admisibles un determinado conjunto de mensajes en la interacción. El marco interviene en la evaluación de los mensajes que contiene, o no hace más que ayudar a la mente en la comprensión de los mensajes contenidos, recordando al pensador que esos mensajes tienen pertinencia recíproca y que los mensajes que están fuera del marco pueden ignorarse.En este sentido, un marco es metacomunicativo y es una indicación necesaria para la comprensión de los mensajes que el marco contiene. La esquizofrenia es un lugar especialmente apropiado para estudiar la existencia y utilización de niveles de mensajes diferentes, ya que para Bateson justamente la dificultad o imposibilidad de rotular el tipo de mensaje -es decir metacomunicar- es lo que constituye la particularidad de la enfermedad. Es corriente afirmar que los esquizofrénicos tienen “un yo débil”. Por mi parte, definiré esa debilidad como una perturbación que impide identificar e interpretar aquellas señales que deberían servir para decir al sujeto qué clase de mensaje es un mensaje por él recibido,e s decir una perturbación en la interpretación de señales que son del mismo tipo lógico que la señal “Esto es juego”.
La esquizofrenia, así, es una patología de la comunicación y su origen debe buscarse en los vínculos de comunicación establecidos por el individuo. Como afirma Bateson, el esquizofrénico “tiene que vivir en un universo donde las secuencias de acontecimientos sean tales que sus hábitos comunicacionales desusados resulten adecuados de alguna manera”. Bateson esgrime así su teoría del doble vínculo: es un hecho evidente que los seres humanos emplean el contexto como guía para la discriminación de los modos [de comunicación]. Por consiguiente, debemos buscar no una experiencia traumática específica en la etiología infantil, sino patrones secuenciales característicos.  La hipótesis del doble vínculo postula que ese patrón característico que puede originar la esquizofrenia, ha de contener los siguientes ingredientes:
1.                Dos o más personas. El caso típico es la díada madre-hijo, pero el rol de la madre puede ser cumplido por otra persona o por un complejo de varios individuos (en al situación familiar madre, padre y hermanos)
2.                Experiencia repetida. La comunicación “desmarcada” que es característica del doble vínculo no debe ser excepcional en el sistema familiar, sino una experiencia permanente.
3.                Un mandato primario negativo. Ejemplo: “No hagas esto, o te castigaré” o “Si haces esto, te castigaré”
4.                Un mandato secundario que está en conflicto con el primero en un nivel más abstracto y que, al igual que el primero, está reforzado por castigos o señales que anuncian un peligro para la supervivencia. Bateson concede que no es tan fácil dar un ejemplo prototípico de este segundo mandato, en parte porque se trasmite habitualmente por vías no verbales, en parte porque adquiere una multitud de formas variables.
5.                un mandato negativo terciario que prohibe a la víctima escapar del campo, aunque si se tarta de la etiología de una enfermedad mental de origen infantil, es evidente que la misma supervivencia del niño le impide escapar del campo.
Lo esencial de la comunicación patológica es la confusión de niveles de comunicación, pero esta no es una característica que se restrinja a la situación de enfermedad. En realidad, la paradoja es connatural a la misma comunicación. Esto ya lo había observado Bateson, pero lo explica más claramente Watzlawick. Muchas paradojas de la interacción son derivadas de la paradoja “Sé espontáneo”. Es, por ejemplo, el caso de la madre que quiere que su hijo estudie, pero en realidad quiere “que él mismo quiera estudiar”. Este tipo de enunciado es generador de paradojas: el deseo es por definición algo espontáneo; si el hijo estudia a partir del pedido materno, ya no es posible discriminar si lo hace porque lo quiere o por consentir a su madre, caso en el cual no está obedeciéndola, aunque estudie.  Veamos el siguiente caso, que llamamos “El juego de «Vos no me querés lo suficiente»”
Ella - ¡Vos no me querés lo suficiente!
El - ¿Por qué me decís eso?
Ella - Porque si me quisieras, me regalarías flores. Vos sabés lo que a mí me gustan las flores…
El - Bueno, tenés razón. Esperá que voy hasta la florería, te compro unas rosas y te las regalo.
Ella - ¡Ah, no! Ahora no quiero, porque tuve que decírtelo yo. Y esto tiene valor sólo si sale de vos…
Una vez iniciado el juego, el deseo de ella es imposible de subsanar, ya que si él le regala flores, siempre quedará como duda en qué medida lo está haciendo porque quiere o como cumplimiento de un mandato externo, con lo cual la acción queda invalidada. No sólo es mala historia natural sugerir que la gente puede o debe obedecer a la teoría de los tipos lógicos en sus comunicaciones; su incapacidad para hacerlo no se debe sólo al descuido o la ignorancia. Lo que pensamos, más bien, es que las paradojas de la abstracción tienen que hacerse presentes toda comunicación más compleja que la de las señales de estado de ánimo, y que sin estas paradojas la evolución de la comunicación se detendría. la vida sería entonces un interminable intercambio de mensajes estilizados, un juego con reglas rígidas, sin el alivio del cambio o del humor.
Watzlawick analiza una serie de casos en los que esta paradoja aparece, desde las intenciones de reencausamiento de quienes han incurrido en conductas delictivas (en donde el deseo de rectificar la propia vida debe ser espontáneo, pero al mismo tiempo es evaluado) hasta la formación de los psicoanalistas (en donde como parte de su proceso se psicoanalizan, situación en la que se espera que confíen en el terapeuta, pero éste a la vez tiene la capacidad de recomendar la aprobación o no del alumno). De hecho, parafraseando a Goffman, parece que la paradoja es la normalidad y la comunicación exenta de ella la excepción. Como se explica más adelante, una comunicación es siempre una comunicación sobre uno mismo, sobre el modo en que uno se ve y ve la relación, lo que debe ser confirmado por el otro. Ya que nos sentimos reales tan sólo en la medida en que alguien con importancia para nosotros confirma o ratifica nuestra propia imagen, y ya que tal ratificación tan sólo servirá al propósito si es espontánea, únicamente un caso ideal de interrelación humana puede estar libre de paradoja.

La sistematización de Watzlawick

Tal vez un punto de partida para e comentario sea el enfrentamiento explícito con el psicoanálisis, o los marcos psicodinámicos, como Watzlawick lo llama. Los puntos de diferenciación serían la incapacidad del psicoanálisis para abarcar el contexto de interacción, al centrarse exclusivamente en el individuo. Tal vez cierto resabio conductista (aunque más adelante se plantearán deslindes específicos con el conductismo): Si a una persona que exhibe una conducta alterada (psicopatológica) se la estudia en aislamiento, entonces la investigación debe ocuparse de la naturaleza de su estado y, en un sentido más amplio, de la naturaleza de la mente humana. Si los límites de la investigación se amplían con el propósito de incluir los efectos de esa conducta sobre los demás, las reacciones de estos últimos frente a aquellas y el contexto en que todo ello tiene lugar, entonces el foco de atención se desplza desde la mónada artificialmente aislada hacia la relación entre las partes de un sistema más amplio. El observador de la conducta humana, entonces, pasa de un estudio deductivo de la mente al estudio de las manifestaciones observables de la relación.
El vehículo de tales manifestaciones es la comunicación 
·                         la concentración en el pasado y en la memoria. Ante esto, la pragmática de la comunicación preferirá un eje sincrónico. Watzlawick no se cansa de repetir que el objetivo no es el responder al por qué de una conducta, sino al para qué. Recurrir a los hechos pasados como explicación de la conducta presente sólo tiene validez como forma de llenar los vacíos de información actuales: “para un observador que está en posesión de toda l información necesaria, cualquier referencia al pasado y, por ende, a la existencia de una memoria en el sistema, es innecesaria” .
El observador (en el marco clínico de Watzlawick, el terapeuta) puede llegar a identificar las configuraciones de un patrón de comunicación en un sistema interpersonal, a partir de la observación de las redundancias estructurales. La analogía del juego de ajedrez semuestra válida. Si una persona que desconociera el juego se dedicara a observar partidas de ajedrez, incapacitado de comunicarse con los jugadores, podría -al cabo de algunas partidas- enunciar con bastante acierto las reglas que rigen el juego. Algunas son más sencillas, tales como la alternación de movimientos; otras presentan más grado de dificultad, por ser menos frecuentes (comer un peón al paso, el enroque). Asociado al conocimiento de las reglas que va teniendo el observador, está su capacidad de predicción, al menos en lo que hace al tipo de jugadas posibles o imposibles. Y todo esto, sin que sea necesario desentrañar las motivaciones de los jugadores. Por ello mismo: ¿Significa esto que el observador ha «explicado» la conducta de los jugadores? Preferiríamos decir que ha identificado una configuración compleja de redundancias. De hecho, el conocimiento de los motivos de una conducta (en terminología freudiana, el desentrañamiento del trauma que da origen a la sintomatología actual) no resulta en este marco necesario: Ese acto de conducta a puede deberse a un aumento de sueldo, al complejo de Edipo, al alcohol o a una tormenta de granizo, y todos los argumentos relativos a cuál de las razones es «realmente» válida se parecen a una controversia escolástica sobre el sexo de los ángeles. La conducta humana debe asumirse desde el concepto de caja negra, es decir analizarse desde sus inputs y outputs, sin que sea menester adentrase en los procesos internos de transformación energética: “no es necesario recurrir a ninguna hipótesis intrapsíquica imposible de verificar e última instancia, y es posible limitarse a las relaciones observables entre entradas y salidas, esto es, a la comunicación“. Obviamente, el acento puesto en la comunicación como forma de relacionamiento y de constitución de la personalidad, al punto de entender a algunas enfermedades mentales como patologías de la comunicación, es lo que vuelve particularmente interesante para nosotros el marco de análisis de Watzlawick y la Escuela de Palo Alto.
Algunas aclaraciones terminológicas: seguiremos denominando simplemente “comunicación” al aspecto pragmático de la teoría de la comunicación humana [...] Se llamará mensaje a cualquier unidad comunicacional singular, o bien se hablará de una comunicación cuando no existan posibilidades de confusión. Una serie de mensajes intercambiados entre personas recibirá el nombre de interacción [...] agregaremos pautas de interacción, que constituyen una unidad de un nivel aún más elevado en la comunicación humana. 
Axiomas exploratorios de la comunicación
El marco teórico general de la pragmática de la comunicación queda formulado en una serie de axiomas, a saber:

1. Imposibilidad de no comunicar.

si se acepta que toda conducta en una situación de interacción tiene un valor de mensaje, es decir, es comunicación, se deduce que por mucho que uno lo intente, no puede dejar de comunicar 
Este axioma tiene un valor fundamental, aunque resulta discutible en su amplitud. Para la Escuela de Palo Alto, comunicación y conducta son sinónimos, y, dado que en un organismo vivo no existe nada que pueda asimilarse a la no conducta, igualmente imposible es la no comunicación. Aún cuando una persona no quiera establecer una comunicación con otra (con un extraño en un tren, por ejemplo) su conducta deberá trasmitir ese mismo mensaje: “no quiero comunicarme con Ud.” y será, por lo tanto, comunicación. 

2. Niveles de contenido y relación de la comunicación.

Toda comunicación se da en múltiples niveles, lo que puede asimilarse al hecho las funciones del lenguaje sean varias. Toda comunicación trasmite un contenido, pero también define (o propone) una relación. Si me dirijo a otra persona y le digo “Tráigame un café”, estoy diciendo algo respecto al contenido (función referencial), a saber lo que deviene del uso del verbo traer y lo que es aceptado como café, pero también estoy proponiendo o afirmando una relación que me vincula con el otro: “Yo soy quien te puede dar órdenes” (función conativa): “El aspecto conativo se refiere a qué tipo de mensaje debe entenderse que es, y por ende, en última instancia, a la relación entre los comunicantes”).
Watzlawick introduce aquí la teoría de los tipos lógicos de Bertrand Russell, que oficia como trasfondo general más evidente aún en su tratamiento de la problemática de la comunicación paradójica. De cualquier modo, en analogía a los tipos lógicos de Russell, los niveles de contenido y relación de la comunicación deben entenderse como operando en niveles diferentes. La definición de la relación es una información acerca de cómo debe tomarse la información y, por lo tanto, es de un nivel lógico superior. Cuando explicito este nivel de la comunicación, de hecho me estoy metacomunicando, es decir me estoy comunicando acerca de la comunicación. Esto puede dar lugar a contradicciones y confusiones. Muchos conflictos humanos persistentes devienen de no tomar en cuenta, o verse incapacitados de hacerlo, esta estructura de niveles. En estos casos los interactuantes tratan de resolver en un nivel las discrepancias que existen en el otro. Un ejemplo mencionado por Watzlawick es el de una pareja que mantiene persistentes y violentas discusiones por demostrar tener la razón sobre temas triviales. Cierto día, la mujer demuestra en forma contundente estar acertada sobre una de estas trivialidades y el marido le contesta “Bueno, quizás tengas razón, pero estás equivocada porque estás discutiendo conmigo“. Resulta evidente, en este tipo de casos, que lo que se discute permanentemente es la relación y no el contenido. Sin embargo, dado que la variedad de tópicos de discusión es prácticamente inagotable, los interactuantes tienen muchas dificultades para notar el carácter fijo e invariante de su patrón de comunicación. Es interesante destacar, además, que para Watlzlawick: La capacidad para metacomunicarse en forma adecuada constituye no sólo condición sine qua non de la comunicación eficaz, sino que también está íntimamente vinculada con el complejo problema concerniente a la percepción del self y del otro. En toda comunicación, la persona da una definición de su propio self, manifiesta “Así es como me veo”. Ante esto, el co-interactuante puede dar una de tres posibles respuestas:
1.                Confirmación. El co-interactuante puede confirmar la imagen del self que da la persona, lo que puede traducirse como “Sí eres así”. Este tipo de comunicaciones es una necesidad de cada agente, y afirma la seguridad psicológica del sujeto. En el ejemplo anterior de la orden, si el destinatario de la misma obedece, confirma mi definición de la relación y de mi self: “yo puedo ordenar”.
2.                Rechazo. El co-interactuante puede rechazar la definición: “No, no eres así como dices”. En este caso, el destinatario de mi orden puede contestar “¿Por qué no se lo busca usted mismo?”, por ejemplo, rechazando mi definición de la relación y de mi self.
3.                Desconfirmación. Esta tercera posibilidad es la más desestabilizante: “la desconfirmación ya no se refiere a la verdad o falsedad -si existen tales criterios- de la definición que la persona da de sí mismo, sino más bien niega la realidad del sujeto como fuente de tal definición” . La traducción sería un enunciado del tipo “No existís”.
La conducta -y por ende la comunicación-es un fluir que no tiene principio ni final: “Una serie de comunicaciones puede entenderse como una secuencia ininterrumpida de intercambios” . Sin embargo, los interactuantes tienden a puntuar esta secuencia ininterrumpida, de lo que resultan atribuciones significativas sustancialmente diferentes, sino opuestas. La puntuación organiza la interacción, y resulta por ello vital para la misma.
Con todo, cuando existen discrepancias en la forma d puntuar la secuencia, surgen problemas y malentendidos en la interacción. El ejemplo analizado por Watzlawick es el de una pareja en donde la mujer se irrita por la pasividad del marido, en tanto este se pasiviza por la actitud de la mujer. Cada uno entiende su conducta como un efecto de la conducta del otro y no como causa. En consecuencia, al no acordar en la puntuación de la secuencia, el conflicto es irresoluble. En forma de axioma: “la naturaleza de una relación depende de la puntuación de las secuencias de comunicación entre los comunicantes”

3. Comunicación digital y analógica.

Existen dos formas básicas de comunicación, la analógica y la digital. Los lenguajes son formas digitales de comunicación, ya que implican la utilización de códigos convencionales que implican una relación arbitraria entre el mensaje (signo) y al contenido de la comunicación (significado). Las formas analógicas de comunicación son aquellas en las cuales el mensaje resulta en alguna manera parecida al contenido a trasmitir, es decir constituye una analogía del mismo. Estos términos provienen de la ingeniería. Veamos un ejemplo: el formato analógico de almacenamiento de sonido por excelencia es el disco de vinilo. En él el surco se ensanchaba y/o profundizaba en concordancia con el sonido que debía reproducir. Existe aquí una relación analógica necesaria, ya que la púa vibra de acuerdo a la forma del surco y de la amplificación de esta vibración surge el sonido reproducido. El compaq disc, en cambio, es un formato digital, lo que implica que los rastros físicos sobre su superficie no guardan relación directa con el sonido a reproducir. La cabeza lectora registra este rastro físico y lo traduce en sonido de acuerdo a un código convencionalmente establecido que opera como una interfase. De aquí que los formatos digitales sean más precisos que los analógicos. Llevando esto a la comunicación humana, resulta ser que los seres humanos somos los únicos organismos que nos comunicamos al mismo tiempo con ambos sistemas. El lenguaje es el mejor ejemplo de sistema de comunicación digital. El comportamiento no verbal -en general- constituye formas de comunicación analógica. Esta distinción no debe ser tomada en forma taxativa. Existen aspectos de la comunicación no verbal que están digitalizados, como los ademanes. Ambos sistemas de comunicación son necesarios porque permiten vehiculizar diferentes aspectos: “cabe suponer que el aspecto relativo al contenido se trasmite en forma digital, mientras que el aspecto relativo a la relación es de naturaleza predominantemente analógica. La existencia de estos dos tipos de comunicación implica la posibilidad de problemas de traducción de un nivel a otro. Bateson estudió al efecto la comunicación entre los animales (solamente analógica). Explica al respecto que cuando uno abre la heladera y el gato se acerca y se frota entre mis piernas, es incorrecto traducir esta conducta como el mensaje “quiero leche”. El animal en realidad, con su comunicación analógica, está invocando un tipo específico de relación: “Sé mi madre”, ya que este tipo de conducta se observa entre los gatos pequeños en relación a sus progenitores, nunca entre gatos adultos.
El material de los mensajes analógicos es sumamente antitético; se presta a interpretaciones digitales muy distintas y a menudo incompatibles. Así, no sólo le resulta difícil; al emisor verbalizar sus propias comunicaciones analógicas, sino que, si surge una controversia interpersonal en cuanto al significado de una comunicación analógica particular, es probable que cualquiera de los dos participantes introduzca, en el proceso de traducción al modo digital, la clase de digitalización que concuerda con su imagen de la naturaleza de la relación. En síntesis: Los seres humanos se comunican tanto digital como analógicamente. El lenguaje digital cuenta con una sintaxis lógica sumamente compleja y poderosa, pero carece de una semántica adecuada en el campo de la relación, mientras que el lenguaje analógico posee la semántica pero no una sintaxis adecuada para la definición inequívoca de la naturaleza de las relaciones
4. Interacción simétrica y complementaria.
Existen dos patrones de interacción básicos: la simetría y la complementariedad.
Puede describírselos como relaciones basadas en la igualdad o en la diferencia. El en priemr caso, los participantes tienden a igualar especialmente su conducta recíproca, y así su interacción puede considerarse simétrica. [...] En el segundo caso, la conducta de uno de los participantes complementa la del otro, constituyendo un tipo distinto de gestalt, y recibe el nombre de complementaria. Los sistemas basados en la simetría tienden a ser más inestables. La carrera armamentista es un ejemplo de ello: a un movimiento de uno de los países (armarse) el otro responde con un movimiento simétrico (armarse también), con lo que el primer país se siente nuevamente desprotegido y refuerza su armamento, y así ad infinitum. Las corridas de la bolsa son otro ejemplo de este tipo de escalada. Un sistema basada en la complementación, en cambio, tiene una tendencia más estable. Digamos que el sistema complementario por excelencia sería una relación sadomasoquista o una pareja hombre dominador – mujer dominada. Como puede verse con los últimos ejemplos, no debe entenderse que un tipo de patrón de comunicación corresponde a una comunicación sana y el otro a una patológica. De hecho, parece que una relación sana es aquella que puede complementar ambos tipos de relación. Watzlawick analiza algunos interesantes casos de parejas entrevistadas en el marco de una investigación, en las que se les preguntaba “¿Cómo, entre los millones de personas que hay en el mundo, llegaron a unirse ustedes dos?”. Es notable observar cómo surgen los patrones de interacción en torno al derecho a hablar y a definir la relación en cada pareja, caracterizadas como de complementariedad o simetría patológicas o aquellas clínicamente sanas, en donde se observan ambos tipos de interacción.

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